Emilio Gotera Sosa - Ítaca Formación

Emilio Gotera Sosa

Emilio Gotera Sosa

De mi infancia, en la época de Franco, recuerdo pocas cosas, un mundo gris y triste, a mi padre haciendo puros en la habitación del fondo de casa, con mi madre ayudándole. Tenían que trabajar muchas horas para alimentar a 8 personas, cuatro hijos y dos hijas. Así durante muchos años.
Recuerdo a una madre, aún vive, que nos llevaba con mano firme e ideas fuertes, y que dejó una huella indeleble en el carácter de todos nosotros. Mis hermanos y yo compartíamos cuarto, como antiguamente, literas apiladas, grandes camas y todos dentro. Mis hermanas estaban en otro cuarto, un lugar casi prohibido para nosotros, diferente, íntimo, ordenado…
Ocupábamos una casa de cuatro pisos en la Isleta, con hermanos de mí madre y sus familias en cada piso, muchos primos con los que pasamos los primeros años.
Eso ya dejó de ser así, vivo en el mismo sitio, pero ahora duermo sólo, y cada noche puedo decidir en qué habitación echarme a dormir.

A los dieciocho años llegó la muerte del dictador, y la transición de la dictadura a la democracia, los colores y la alegría en la calle, momento en el que mi madre se implicó a nivel social dentro de asociaciones de vecinos, y en la política del barrio.
Para mí, sin embargo, tras unos años de pertenecer a grupos cristianos de base, pasé a conectarme con el PUC, de donde salí con la bandera del antimilitarismo. Allí estuve hasta que la desilusión me apartó de militancias.
En aquellos momentos conocí a un personaje que se negó a seguir en el Cuartel, lo cual le valió para ser internado en un psiquiátrico y ser licenciado. Ese ejemplo me guio, yo no quería hacer la mili, y me pareció que la mejor forma era negarme a hacerla. Eso generó multitud de conflictos con mi familia, conflictos que me hacían huir de mi casa, vagar por las calles, y mi cerebro se abrió, y comencé a hacer pintadas, a hablar con la gente en el Instituto… Tuve mis primeros brotes, algo se descuadraba.
Una mañana, mientras desayunaba en la Churrería Tres Puertas, con los colegas, de amanecida, entraron dos tipos enormes, me agarraron, me esposaron y me sacaron a empujones.

Fui de los primeros insumisos, los diferentes que arriesgan su vida para que después todos lo disfrutemos como un derecho.
Me negué a ir a la Mili, y todo cambió. Primero esa sensación interna de malestar ante todo lo establecido, el orden familiar, la escuela, las calles, que me obligaba a chocar, y aunque yo buscara el amor, la libertad y la paz, siempre se me opusieron con los gritos, la cerrazón y finalmente con los diagnósticos.
Fue la primera vez que oí “esquizofrenia”, y el momento en el que entendí que iban a castrar mi vida.
Me encerraron, como en una cárcel, me amarraron, sólo tenía 22 años, nunca tuve antecedente penales; y el aislamiento físico y psíquico, la violencia, mi propio trastorno y las cientos de pastillas, que me dieron, recorrieron mis nervios, venas y tendones, limitaron para siempre mi cerebro, y aturdieron mi ánimo. Mataron mis sueños, y a cambio me dotaron de una cartilla, que ahora sí, convirtió la esquizofrenia en mi segundo apellido.
Emilio Gotera esquizofrénico.
Un carnet que después de unos años, aportó un dinero mensual para mis gastos, que me libra de alguna obligación y me permite una rápida excusa, pero que me ha convertido en un dependiente de la Institución, un ser con ganas pero sin vías, que se acomoda en el sofá y permite que las tardes pasen de largo.

Hace 30 años no había psiquiatras en la seguridad social en la Isla, y mis ideas y protestas había que extirparlas. La escuela se encargaba de que todos pensáramos igual, pero el psiquiátrico estaba para los que seguían pensando por sí mismos. Nadie quiso entender mi postura, quizás la esquizofrenia llegó por la defensa que mi instinto hizo de mis ideales, que aún sigo rememorando en mis dibujos y cuadros, una respuesta de mi ser para perpetuarse. Un mensaje quizás que debí aprender a descifrar para poder asumir la enfermedad, no lo hice hasta los 35 años.

A la vuelta de las sesiones de fritura cerebral, permanecía en casa, sin salir, con la única obsesión de que nadie volviera a amarrarme a una camilla, con el único deseo de que me dejaran en paz, con ganas de estar desaparecido. Horas y horas en la cama, tumbado, con momentos de lucidez en los que todo se ordenaba en mi cabeza, esa luz que brillaba en mis ojos, pero que los demás entendían como parte de mi problema.
Así pasé a vivir una época medicado, con consultas semanales en las que me preguntaban cosas, pero en los que nunca sentí cercanía, me evaluaban para ajustarme la dosis. En esa época los brotes surgían en determinados momentos, convirtiendo mi vida en un continuo ir de psiquiátricos, aderezado por la relación en mi familia, un grupo heterogéneo de personas cascadas de la vida y cargada de conflictos, con rastros de un pasado muy marcado. Una educación y unas vivencias de la que hoy recogemos los frutos a modo de suicidio, alzheimer, esquizofrenias, trastornos de la personalidad variados, conflictos familiares… supongo que como casi cualquier familia…
Tuve la suerte de conectar con la Universidad Popular, y con la gente de la Ludoteca de la Isleta, allí retomé mis dibujos y mi interés por la vida. Hice teatro, pintura, decorados, marionetas, juegos con niños y decenas de tardes de variadas actividades. Ellos también querían cambiar las cosas, desde el desarrollo integral del individuo, y consiguieron cada vez más asumir la vida con más felicidad, es una prueba.
Conocí allí a gente que me trataba como a uno más, a pesar de convivir con algunos de mis últimos brotes. Gente que me decía que en esta sociedad enferma todos estábamos enfermos, solo que algunos eran diagnosticados por los otros, y descubrí la importancia de permanecer despierto, de buscar los ideales a nivel personal y colectivo.
Quizás, si me hubieran escuchado, hoy no sería esquizofrénico, o nadie lo sabría, o habría muerto, no lo puedo saber, pero sin embargo no guardo rencor, no siento rabia, porque mis recuerdos desde las primeras sesiones se han borrado, demasiado peso para seguir llevándolo toda la vida.
Ahora existen centros donde se nos reconoce nuestro derecho a ser, sin límites, con nuestras características y nuestras posibilidades, grupos de psicólogos y demás hierbas, que nos escuchan, o eso parece, en donde podemos encontrarnos, decidir, dentro de un límite, qué queremos hacer, pero como si nuestra vida no fuera más que un tiempo libre para jubilados.
En mi vida he puesto techos y suelos, he construido cocinas y abierto ventanas, cargado y descargado, me he ocupado de los papeleos de empresa, de cuidar a nuestros enfermos, pero siempre de ayudante sin derechos, mi enfermedad les permitió a todos utilizar mi fuerza y mis destrezas, pero ningunear mis emociones y deseos.

Así que ahora me encuentro sin oficio ni beneficio, en una casa que he de alimentar, cuidar y limpiar, pero para la que no tengo casi recursos. Mi vida es difícil, porque, no puedo optar a ninguna profesión en la que no se me explote por dos euros, y encima actuar y colaborar, como si tuviera que estar agradecido, a pesar de trabajar seis días a la semana, diez horas diarias, por un poco más de lo que me daban como paga, y llegar a casa destrozado, sin energías para nada más que dormir.
Embruteciendo mi espíritu con oficios aburridos y repetitivos, sin ningún aliciente personal ni profesional… El último recuerdo que tengo del último trabajo, hace unos meses que lo dejé, fue un infarto, que me dejó tirado en una cama de hospital con la sensación de que mi mundo se deshacía.
Luego fueron todas buenas intenciones, dejar de fumar, empezar a caminar, a hacer algún ejercicio, salir más y relajarme,… pero de nuevo la cruda realidad viene a darme ese día a día de nebulosas, de iniciativa muerta. Eso es lo que me robaron.
Quizás algún día, todo este trabajo que se está haciendo sirva para que todos, por muy diferentes que seamos, tengamos un hueco en esta sociedad de los seres virtualmente perfectos, y que nuestras imperfecciones sirvan para hacer la sociedad mejor, más completa. Yo también puedo aportar.
Quizás, así, mi segundo apellido deje de ser un cartel de peligro, y pueda ser mi carta de presentación, Emilio Gotera, libre pensador.

Las Palmas de Gran Canaria. Océano Atlántico, el Mundo.
………………………………………………a 7 de Julio del 09

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